Por Santos Agüera Pedrosa, Profesor de Geografía e Historia.

Muchos en su circo discursivo intentarán encontrar un mero comentario para reforzar o desacreditar lo que aquí se expone, pero no hay más finalidad que sacar a un centauro de mis entrañas, parafraseando a Nietzsche. Tampoco es mi intención elogiar los hitos constructivos de la joya más importante del neoclásico almeriense ni la importancia de Don Antonio Abellán Peñuela. La única intención funcional es realizar una oda a un pueblo que luchó por la conservación de su patrimonio, por mantener los vestigios de sus antepasados y por dejarle a sus descendientes un lugar cuasi místico que te transporta a tiempos de antaño. 

Al inicio, como toda buena obra, el movimiento surgió de la iniciativa social. Ese movimiento, que aglutinó a un segmento importante de la población, sirvió para poner el nombre del Palacio del Almanzora en el mapa provincial. Como todo movimiento social se intentó canalizar por el político profesional, en términos de Webber. Trascurrido (y politizado) todo el proceso, el movimiento se fue diluyendo por una multitud de factores o intereses, que por la tradición católica acabó en un continuo tiroteo de pecados y culpas. Dentro de esa vorágine cabe destacar un suceso positivo y otro negativo.  El primero es que en todo ese proceso surgió una figura foránea que puso criterios de verdad y alumbró desinteresadamente el futuro de ese proceso, lo hizo de la manera más desinteresada y por esas cuestiones de honor, hoy en día tan ausentes. El segundo, es el claro fracaso. Esa desilusión, enajenada del fracaso, ha creado en el imaginario colectivo de la población un desinterés hacia la ruina que se manifiesta en axiomas como: “El Palacio no tiene arreglo”. En una oda se exaltaría a la primera figura y se demonizaría ese pecado que acampa en cada esquina. 

Los políticos que hoy ostentan el poder del municipio no hablan de nuevos acuerdos con los propietarios, ni hacen un estudio barajando las posibilidades de la Ley 4/1986, de 5 de mayo, y su posterior explicación a la sociedad, con ese concepto que tanto obsesionaba a Antonio Maura. Tampoco hablan de la posibilidad de expropiar o adquirir el inmueble, o crear un proyecto museístico o reclamar al Palacio del Almanzora como un eje dinámico de la cultura comarcal. Las únicas noticas que hemos tenido, a “luz y taquígrafo”, fueron la petición del 1,5 cultural o una foto con el Ministro de Cultura. Sumado al contra-discurso de que no hay promesa electoral, guiños a ese sector que hace el político profesional y que recuerda o se asemeja a los inicios de esta lucha por conservar su pasado, de nuevo otra fórmula política de canalización de esa frustración, el eterno retorno. Por ello, se establece esa forma lampedusiana de que todo cambie para que todo siga igual. 

Hay que decir que la política no es la mayor ni la única culpable, también lo es una comunidad que vio desaparecer el Convento de la Divina Infantita y la Almazara del Marqués sin la más mínima protesta, recurriendo de nuevo a ese desinterés hacia su pasado que se manifiesta en axiomas como: “El Palacio no tiene arreglo”, el eterno retorno. Factores que nos llevan a decir que nos encontramos ante una comunidad infantilizada que busaca vivir del dones-favorisen ese retrato magistral que hace Rosseau en su libro el Discurso sobre las Ciencias y las Artes,que en el continuo desarrollo científico y tecnológico se van perdiendo valores y actitudes, se sustituye lo antiguo por lo nuevo, la ética por la tecnología. De igual modo, el Palacio nunca ha contado con un movimiento juvenil ni con el compromiso de las comunidades de estudiantes, quizás haya sido culpa de todos alejar a este colectivo que puede prolongar la defensa de la ruina en el tiempo, o quizás estén más condolidos con la situación del Real Madrid que por entender y defender su entorno social y natural. 

Sin duda, esta comunidad debe de plantear cómo la van a ver o estudiar en doscientos años ¿como la comunidad que mantuvo sus bienes artísticos e históricos o como la comunidad que arrasó con todo elemento cultural? ¿Como la comunidad que tenía una moral ética o como la que vivía aletargada? ¿Como la comunidad que le dejó un sentir o un latir del tiempo a sus generaciones venideras o como la que destruyó todo a su paso?

Solamente me queda esto, el comentario cínico, hacer como el gran filósofo y pedir que Alejandro se aparte del sol. Solamente me queda sacar de mis entrañas a este centauro para que intente ganar una conciencia entre tanta inmoralidad. Al final, solamente me queda soñar con poder hacer una oda con elogios.