“Artículo publicado en la edición dominical de la sección de deportes de Diario de Almería y reproducido con la autorización del autor”.

Lo llevó, lo trajo y lo volvió a llevar. Así sin cesar. Lloviera, nevase, hiciera frío o calor, no fallaba. Con él conoció de memoria cada curva de la carretera que une la comarca del mármol con Almería por Tabernas. Su premio era entrenar; a él le aguardaban dos horas sentado en la grada esperando a que acabase la sesión para volver de regreso al pueblo. En los partidos buscaba una esquina del graderío y observaba las incidencias del encuentro, siempre respetuoso, calmado, sin una mala palabra para el árbitro ni para el rival por muchos improperios que estuviera escuchando proferidos contra su hijo. Al acabar los partidos, especialmente si había perdido o era consciente de haberla ‘cagado’, le preguntaba por cómo lo había visto él. Pero nunca tenía una palabra de desánimo o desaliento, bajo su prisma siempre lo había hecho fabuloso. En caso de verlo especialmente preocupado o alicaído, al punto de llorar de impotencia por una simple derrota, tenía el consuelo necesario en la boca: “La semana que viene habrá otro partido”. Y así aprendió a ganar, pero sobre todo a perder sin acostumbrarse a la derrota, porque en el deporte la mayoría de las veces se pierde y esa es la mayor enseñanza que se pueda extraer.

Solo un día, en la Ciudad Deportiva de Macael, lo vio acercarse a un aficionado que no cesaba de increpar al ‘3’ del Poli Ejido y mantener un intercambio de palabras. Al acabar la confrontación le preguntó qué había ocurrido: “Nene, -le dijo-, el que te estaba poniendo como hoja de perejil es pariente tuyo y resulta que no te reconocía por la distancia al campo” (hay una pista de atletismo por medio). Estos días se han viralizado los consejos de un entrenador de baloncesto norteamericano a los padres que piensan que tienen a un Lebron James o un Messi en ciernes entre manos. Entonces recordé la inmensa fortuna que he tenido de contar con un padre comprensivo. PD: Disculpa el retraso, papá, pero merecías este artículo. Va por ti, por tantos padres como tú. Mario y Nerea tienen la mejor escuela posible.