“Artículo publicado en la edición dominical de la sección de deportes de Diario de Almería y reproducido con la autorización del autor”.

Viendo las hordas de ultras rusos asolando a su paso todas las ciudades europeas por donde juegan sus equipos me dirán que estoy loco si aseguro que la violencia en el fútbol está hoy más y mejor controlada que nunca. Asumo que se hace difícil sostener esta hipótesis cuando hace apenas una semanas fallecía un ertzaina en Bilbao como consecuencia indirecta de todos esos actos violentos en los prolegómenos de un Athletic-Spartak.

Incluso el otro día, en el mayor escaparate del fútbol continental, un PSG-Real Madrid, las gradas del Parque de los Príncipes ardían con el humo de las bengalas, convenientemente consentidas por la directiva del club francés haciendo oídos sordos a las advertencias de la UEFA. El Mundial de Rusia está a la vuelta de la esquina y ciertamente el panorama es desolador. Pero conviene no olvidar todo el camino que se ha recorrido para aplacar, por ejemplo, a los temidos hooligans.

No solo eso, sino que mirando al fútbol de base, que al fin y al cabo es donde más partidos cuantitativamente se disputan cada fin de semana, he de admitir que tras 16 años de ejercicio de la profesión ya no son tan habituales las tánganas que hace apenas una década eran el pan nuestro de cada día. Agresiones a árbitros o entre los equipos en liza llegaban a las redacciones semanalmente. Ahora que uno es padre se cuestiona seriamente si merece la pena apuntar a sus hijos a una escuela de fútbol. Pero no debemos dejarnos llevar por el miedo. Por fortuna hoy en día a los pequeños los instruyen monitores cualificados que priman su formación por encima de la mera competitividad. Tienen muy claro que el primer objetivo es que aprendan a convivir y a jugar en equipo, a ser solidarios entre ellos y compartir vivencias. Ese es el mayor patrimonio del fútbol, generar amistades, muchas de las cuales ya perdurarán con el paso del tiempo.