Todos los logros en materia de derechos, igualdad y justicia tienen su origen el proyecto intelectual de la Ilustración. Las ideas de los filósofos y enciclopedistas franceses del siglo XVIII son el germen de todas las revoluciones modernas.

Los países más desarrollados en derechos públicos y sociales, los más capacitados para defenderse del capitalismo más depredador, son aquellos donde pudo materializarse, aunque fuese solo en parte, el gran proyecto reformista del Siglo de las Luces.

De entre todos los pensadores de esa época, quizá Diderot encarne mejor que ningún otro el espíritu y convicciones del pensamiento racional y moderno. Hombre inquieto y crítico por naturaleza, impulsor de La Enciclopedia, puso sus energías en la demolición de todo conocimiento de base irracional, mítico o revelado, y lucho por la supremacía del método científico y el análisis lógico como única forma de acercarse a la verdad del mundo, aunque le costase encarcelamientos y toda suerte de adversidades.

En lo político defendió la igualdad real y la supresión de todos los privilegios. En este ámbito, su pensamiento evolucionó desde la aceptación con reservas del Despotismo Ilustrado hasta posiciones demócratas radicales, que están en la base de la revolución francesa del 1789 y tienen una vigencia enorme. En realidad, entre todos los ilustrados, el pensamiento de Diderot es el más premonitorio del curso histórico posterior, el más rico y multifacético.

En cambio, la historia de nuestro país es la historia del fracaso del proyecto ilustrado, lo que explica a la perfección nuestro secular atraso, nuestra profunda incultura, obcecación, estupidez y barbarie.

En nuestro país hay que empezar, todavía hoy, por los cimientos. De nada sirve una democracia cuando los ciudadanos no tienen conciencia de tales y viven aún inmersos en el mito, la tradición y la superchería. De poco nos sirve la democracia –barniz ficticio- si a la postre votamos condicionados por miedos o inconfesables intereses personales. Incluso el viejo proyecto ilustrado de “todo para el pueblo pero sin el pueblo” aún está pendiente aquí.

Primero la formación y el conocimiento, la verdadera libertad y la justicia; la demolición de la cultura de la tribu. Dificilísimo reto que nunca ha interesado ni interesa a nuestros gobernantes, por razones obvias. Desgraciadamente, a diferencia de otros, nosotros no somos hijos de la Ilustración.