Acompañado de Paco Cruz al volante subimos la carretera por el margen izquierdo de la barriada de los Huevanillas, conforme se llega desde Arboleas. Allí, al final de una empinada cuesta se encuentra el taller de Pedro Gilabert, un escultor en madera de olivo que he conocido a principios de los ochenta en la Asociación de artistas plásticos de Almeria situada en la Puerta de Purchena. Al poco tiempo, allá por el año 1986 se le hace un homenaje en la Diputación Provincial de la mano de Pepe Guirao, por entonces diputado de Cultura.

Le llevo como presente unos pedazos de mármol, unos cinceles y unas gradinas, para ofrecérselos a ver si se anima con la piedra. Echamos un buen rato. La visita es de lo más gratificante que te puedas imaginar y al final agradecido nos regala una escultura pequeña a cada uno. La mía es un pájaro con cabeza de perro que aún conservo. Nos convidamos en su casa después de presentarnos a su esposa María y en la conversación les digo que si hay cortijos a la venta por la zona. El matrimonio al unísono me responde que hay varios, que es cuestión de buscar y dedicarle un rato al asunto. Bueno, les digo, voy a regresar con mi compañera Conchy para ver alguna vivienda de las que están en venta. En eso quedamos hace unos treinta y tantos años y por aquí andamos todavía…

Con su asesoramiento compramos el cortijo de su compadre Felipe y María Encarnación. Miguel Porta, cuñado de María, hizo de mediador a la antigua usanza, un encuentro en el que cerramos el trato convidándonos con refrescos acompañados de cacahuetes y garbanzos torraos.

Esta introducción sirva de portal de entrada al recuerdo de nuestra relación con el artista, la persona y el personaje Pedro Gilabert, que por su veracidad se unían en uno solo, el entrañable tío Pedro.

Al principio de establecernos como vecinos, Conchy y yo tuvimos la vena agrícola- campesina así que hicimos un huerto en unos bancales junto a la vivienda. A la hora de viajar, dejábamos las llaves a la tía María, su compañera, para que nos cuidara el huerto y unas gallinas ponedoras que habíamos echado en el corral. Cuando vimos que no era posible seguir con esa vena, le regalamos las gallinas a su hija Ana y así acabó nuestra experiencia bucólica en Los Huevanillas.

Pedro me enseñaba con su humanidad, con su sencillez, las cosas que no se ven y también otras más prosaicas como sus fotografías, sus papeles y la correspondencia, en la mayoría de los casos desordenadas, a lo que le dije de redactar su currículum y ordenar las fotos en carpetas por años y eventos. Así lo hicimos para que pudiera presentar correctamente la información sobre su vida y obra. En alguna ocasión acudimos a eventos, junto con nuestras obras, como la exposición de arte de Macael organizada por Juan Grima entre finales de los ochenta y principios de los años noventa.

En ocasiones el tío Pedro me decía por ejemplo: Luis, me han escrito para hacer una exposición en la sala Tanit, me dicen que si es posible enviarles la documentación. Nos pusimos manos a la obra hasta conseguirlo, aún tengo el recuerdo de haber visitado esa hermosa exposición en Barcelona.

En otras me contaba historias como la dama de blanco que aparecía en la boca de una sima en la media noche del día de San Juan. Me contó con su increíble y fértil imaginación que una vez llegó un misterioso hombre vestido de negro en una mula con alforjas, cruzó el barrio sin decir ni pío y se dirigió a la sima donde pernoctó varios días, tras los cuales desapareció sin dejar ningún tipo de rastro.

Un buen día, después de hablarme que el entorno donde se ubicaba mi cortijo se llamaba antiguamente la Alcazaba y que se hablaba de un tesoro escondido por sus alrededores, me convenció para que buscásemos en la parte delantera del porche de mi casa. Insistió que había un muro de piedra enterrado junto a un naranjo, tanto insistió que a los pocos días nos encontramos los dos cavando por turnos azada en mano, y sacando un montón de piedras que no parecía acabar nunca. Hicimos un agujero enorme, tan grande que teníamos que entrar y salir con escaleras hechas de azabarones de las que se construían con los mástiles de las azabaras. Al pasar unos días, cuando nos cansamos de cavar y sacar piedras, volvimos a enterrarlo y así finalizó esa aventura tesorera.

Fui testigo del nacimiento de muchas de sus esculturas de carácter mágico o religioso, de sus obras fantásticas o extraterrestres, de su inigualable visión animalista y también de las leyendas con las que envolvía a sus queridas criaturas. La originalidad y autenticidad de sus creaciones están a flor de piel, se respiran, se palpan cuando estas delante de ellas.

Directo desde el corazón, con su imaginación ayudaba a parir sus formas a partir de una rama, de un tronco de olivo, o un trozo de mármol. Se expresaba de manera única, siendo él mismo esa rama, ese tronco o ese mármol. Siendo Pedro Gilabert.¡¡¡ Larga vida al trovador de formas!!!