Mascarillas hechas en Tíjola, que el Banco de Libros hizo llegar al Centro de Salud de Albox

Por Jorge Colipe

Después de más de un mes de confinamiento, de idas y vueltas de medias verdades y de un burdo intento por manipular la información por parte del Estado, incapaz siquiera de ofrecer un número cierto de contagiados y hasta de muertos, la cosa pinta que va para largo, en un país que a veces parece que está de fiesta.

La Ministra de Trabajo y Economía Social Yolanda Díaz, ya está avisando de un posible repunte del virus después del verano, los hoteles anuncian su cierre hasta por lo menos la próxima temporada y la curva de contagios no baja. Para un país que vive del turismo esto es ruina pura y dura.

A la tragedia sanitaria con 20.000 muertos arriba de la mesa –dato oficial también dudoso-, se suma la crisis económica que según los expertos será algo parecido a la gran depresión del ´29. 

Ante estas posibilidades, todas malas, qué hacer para que la situación sea lo menos dañina posible para las familias, es uno de los desafíos de nuestra clase política.

Las mascarillas -ahora de uso indispensable para salir al súper, al banco o a por el pan-, escasean. Las que hay, te las venden a precio de oro, recordando que en épocas de crisis, hay gente que se forra. El gobierno y las autonomías, junto a todos los países del mundo, pujan en un mercado que no ha perdido su lógica empresarial y vende, contante y sonante, al mejor postor. 

Mientras esto sucede, miles de mujeres, muchas que yo conozco, han dado un paso al frente y comenzaron a confeccionar mascarillas, en la gran mayoría de los casos, con el visto bueno de profesionales sanitarios que se fían más de ellas que de lo que les traen de fuera. Con doble o triple capa, con gasa y algodón como filtro protector, que cubren nariz boca y cuello; reutilizables, como hace muchos años cuando hasta los pañales de los bebés, se lavaban después de usados para volvérselos a poner. 

Estas mascarillas, tal vez no sean las híper profesionales, pero son bastante mejores que las que se están comprando en el mercado internacional. Ni hablar si las comparamos con las mascarillas de papel de servilleta de las que ha hecho gala el presidente de Cantabria Miguel Ángel Revilla. 

En nuestra tierra se habla de coronavirus, crisis y despoblación. Algunos ayuntamientos han comprado y regalado mascarillas, invirtiendo miles de euros por algo que al otro día dejaba de cumplir su función específica . Muchas de las mascarillas que se entregan a los vecinos son de un solo uso y algunas tienen una vida útil de solo seis horas. 

Entonces, quizás si a todas esas mujeres que de manera solidaria y altruista cosen el día entero para ayudar a evitar contagios se les reconociera su trabajo, contribuiríamos con la economía de las familias, lucharíamos contra el virus y evitaríamos la despoblación, al menos en parte. Si la situación se alarga en el tiempo, como parece ser, millones de familias no podrán soportarlo.

Al parecer el dinero está. Por qué no redistribuirlo internamente en mano de obra local, que cumple plazos de entrega con garantías de calidad en una inversión de una sola vez, ya que las mascarillas pueden lavarse y volverse a utilizar.

La producción nacional, tres cuartos de lo mismo. Si Inditex puede confeccionar batas, también podrán hacerlo otras empresas y así asegurar el abastecimiento masivo.

La calidad de lo que viene de fuera deja mucho que desear. A lo mejor ha llegado el momento de mirar hacia adentro y dejar de hacer el ridículo un día si y otro también. Es solo una idea que ni siquiera me parece demagógica. Ahí la dejo.